1976-1992. Biografía semiseria, es más, bien seria.

Y entonces, a propósito de estos acontecimientos importantes que llegaron como la lluvia salvadora sobre la peste de manzoniana memoria, tengo que decir que los mismos se agruparon en el año de gracia 1992, que señalaron el más significativo cambio en mi vida profesional y que cada uno de ellos merecería ser mencionado en todos sus aspectos e implicaciones...

Índice de artículos
1976-1992. Biografía semiseria, es más, bien seria.
Canon, Blow Up de Antonioni e Nikon
Venezia 79’ La Fotografia, Lee Friedlander y los primeros trabajos
Capturar el momento
El año de gracia 1992 y Beppe Maghenzani
Ettore y Jean Bugatti
Renata Kettmair y Romano Artioli
La gran Aventura de Bugatti Automobili
Franco Maria Ricci y Divina Bugatti
Todas las páginas

 

Esta es mi biografía semiseria, escrita en el 1992 por Alessandro Menegazzo, después de dos días de extenuantes entrevistas.

Os cuenta antes de mis exordios como fotoaficionado y luego como profesional. Esta dirigida sobre todo a los jóvenes que están a punto de emprender esta difícil, pero también hermosa, profesión. Para tener fortuna tendrán que superar grandes obstáculos porque este sector es muy competitivo y muy deseado y mientras no se encuentran más personas que quieran ser carniceros o pasteleros, muchas en cambio eligen la fotografía. Sabemos que por ciertas experiencias, fracasos, papelones y padecimientos, antes que ellos hemos pasado nosotros.

 

 

Yo, fotógrafo a la fuerza

de Alessandro Menegazzo

Mi madre poseía una vieja cámara de fotos, que me hice prestar. La marca era "Perla", pero sin dudas no era una perla de máquina. Así  fue que inicié a desear una cámara de fotos seria. Gastaron todos mis ahorros para comprarme un Canon AE1. Robusta, confiable, una buena óptica:  fue realmente un cañonazo. Fue como pasar del ciclomotor de papá a una verdadera moto: un abismo. “Disparé" el primer rollo como un cargador de mitra y me fui al foto-cine-óptica cerca de casa, alentando sobre el cuello del comerciante para que me lo revelara lo  antes posible. Cuando vi los resultados decidí que habría sido fotógrafo.

Dicho así parece fácil, en realidad aquella decisión sabía de milagro: tenìa veintitrés años con pocas ideas pero confusas, como se dice. Un curso de licenciatura en estadística abandonado a mitad, un poco de política, cosas varias. Pero, como dije, era finalmente seguro de cual habría sido mi trabajo y esto era lo que realmente importaba. En un mes, el cuarto oscuro no tuvo más misterios para mí y, con un kit Agfa, aprendi a revelar las diapositivas, que luego imprimia luego en Ciba. Vivía para la fotografía y quería ser correspondido: es decir, pretendía que fuera la  fotografía a darme de que vivir.

En el 77’ me arrebataba así de profesional ordinario y ocasional algunos pequeños trabajos conseguidos con el pasa palabra. Un día, a mitad de la mañana, el usual “amigo del cuñado del amigo” me hizo saber con una estrecha vuelta de llamadas que al tipógrafo de una empresa vinícola de mi zona le servía una foto de un nuevo vino para actualizar el catálogo, que sería imprimido el día siguiente, pero el fotógrafo oficial no estaba disponible. En fin, servía con urgencia alguien que les pusiera un parche. Me habían enseñado que las ocasiones deben ser tomadas al vuelo y entonces menti, vendiéndome más o menos por uno que había fotografiado tantas botellas como Giorgio Morandi las había pintado en sus naturalezas muertas (de todos modos no había tiempo para verificar) y el problema de aquella foto fue inmediatamente mío.
No me desanimé  y pensé:  botella = reflejos, reflejos = polarizador. Me procuré dos filtros polarizantes y una película EPY tungsteno. La botella que fotografié parecía la foto de un cartòn verde perfilado con una etiqueta pegada encima: plana y sin reflejos como una hoja de papel negra y opaca. Por otra parte, no había tiempo para otros experimentos y fue así que me presenté a mi interlocutor en la empresa ostentando seguridad y con el corazón en paz como un kamikaze consciente de su misión suicida.

Un hombrecito del aire templado me sonrió pero sin esconder la ansiedad por la urgencia de aquella foto "Bue... diría que es el momento" fue su comentario "cierto, la mano del fotógrafo es diferente y se ve, pero esto lo supimos desde el inicio... por otra parte no caben dudas que esta es la botella... ¿y cuánto quiere por este tiro?”  Era perfectamente consciente (con todo el sentido de culpa) ya sea de haber fotografiado una botella plana como un lenguado y de la importancia del cliente y también temí que algùn megadirector hubiera regañdo a mi interlocutor por haber aprobado mi borrón, así que pedí diez mil liras, una cifra bastante modesta también en el 77’. "Sí, me parece razonable, más que razonable" el hombrecito consintió. Entonces lo metí  con la espalda al muro por diez minutos explicándole con varias fórmulas y repitiéndome hasta la náusea que aquel era un precio promocional, (temí de jorobarme con la "rebaja"), que mis honorarios eran de bien otros niveles, que con ellos practiqué condicionas excepcionales contando de iniciar una colaboración, pero que se quitaran desde ahora de la cabeza de gastar tan poco, etcétera, etcétera.
chioccia_ovomattinoPara el cliente Ovomattino tenía que fotografiar en estudio, sobre un fondo blanco, una clueca en empolladura sobre un montoncito de paja. Fue una empresa ardua como todas las que se emprenden sin el necesario know-how. Después de una serie de dolorosas picotadas y una fuga bajo el fondo continuo, tuvimos que recurrir a la campesina propietaria del animal. La dueña, que conocia a sus pollos, en un primer momento desencovó la gallina y luego la ató por las patas. La expresión del plumado es, como podéis ver, bastante elocuente.
Cámara:  Plaubel;  Objetivo:  Schneider Symmar 240;  Luz:  Flash Broncolor;  Película:  Kodak EPP 4x5.