"Divina Bugatti" | Historia de una obra maestra de la mecánica

...derrepente el gran cambio: descubrí la enésima polaroid, pero esta vez tuve el coraje de mirarla con el ojo del fotógrafo. La reconocí, era Ella, la Divina, en todo su radiante espledor, y pareció decirme "Soy tuya. Sólo tú has sabido poseerme".
El slide show repropone algunas páginas dobles de "Divina Bugatti" con los cortes originales.

Romano Artioli y Franco Maria Ricci

En el 1991 trabajé para la Bugatti Automóviles. Un día, Franco Maria Ricci, que desde hacia mucho tiempo tenía ganas de celebrar el mito Bugatti, le propuso a Romano Artioli, propietario de la Bugatti, de dedicar uno de sus prestigiosos libros a la mítica marca. Los dos se acordaron y la cosa llegó a buen puerto. Como era previsible, Artioli le habló a Ricci del  “mejor fotógrafo mundo", apoyándo mi candidatura para el trabajo. Este último, como era igualmente previsible, alzó la nariz:  “Tengo a mis fotógrafos de confianza", estalló tratando de bosquejar una sonrisa,  sin embargo, Artioli insistió al punto que Ricci no pudo negarme un encuentro:  "Vaya al piso de arriba y realice algún tiro, luego veremos", me borró.

En una fría noche alsaciana

Partí armado hasta los dientes: 145 accesorios diversos en el maletero de un station wagon. Desde hacia meses había estudiado cada detalle sobre como construir  un estudio móvil alrededor de un Bugatti, en locación. Antes de violar el lugar de culto, hice una prueba: en una carpa prestada fotografié un Lanza Tema. O.K., convencido de seguir adelante. Llegué al Musée National de l’Automobile, en Mulhouse, en Alsacia. Inicié la maratón nocturna. En la atmósfera suspendida, en el silencio espeluznante, observaba el rostro del Divino. Recordé los cuentos los cuentos de Hemingway: el toro o el león inmóviles antes de atacar. Casi tenía miedo que, con quien sabe cual hechizo, aquellos músculos de acero estallaran derrepente con su potencia y la fiera me atropellara como una locomotora. Era víctima del paroxismo, me sentí afiebrado. Como un autómata, sacaba fotos y descubría las polaroid. Las miré, pero no logré verlas dentro. El cansacio y la tensión volvieron cada cosa dramática. "¿Qué diablos hago en Alsacia, en plena noche, en la oscuridad de un museo? ¿Por qué no me quedè en mi casa?".

El gran cambio

Derrepente el gran cambio: descubrí la enésima polaroid, pero esta vez tuve el coraje de mirarla con el ojo del fotógrafo. La reconocí, era Ella, la Divina, en todo su radiante esplandor, y pareció decirme "Soy tuya. Sólo tú has sabido poseerme”. Inicié a piruetear como los mulatos del Carnaval de Rio, el cansacio desapareció en un santiamén, " ¡Lo logré, lo logré!", resonó mi voz en el museo. Tuve la situación en un puño. Salté en grupa al purasangre y lo cabalgué como un indio piel roja. Llegué a lo de Franco Maria Ricci emotivamente frío, como el más despiadado de los asesinos. Sabía de encontrarme defrente al que probablemente era el más fino editor que el mundo tuviera  ejemplo, pero supe que no podía fallar: si el hombre tenía una sensibilidad - y no podía ser de otro modo - mi trabajo no lo habría podido dejar indiferente.

La presentación en Milán

Ricci me recibió con una sonrisa más cariñosa que de cortesía, de las que se hacen a un niño que nos enseña su dibujo. Cuando sus ojos se posaron sobre la primera foto, su rostro cambió de expresión y pareció llenarse de luz. "Pero... ¡son iluminadas!", exclamó casi en voz baja, como hablando consigo mismo. “Ciertamente que son iluminadas, ¿quiere que traiga fotos apagadas?” Dije jovial y divertido, mientras me pareció verme a mi mismo como desde afuera, en toda aquella escena, como si hubiera sido el espectador de una película. Vi a Franco Maria Ricci alzar el teléfono: "¡Ven a ver una cosa sensacional!", y lo vi abrir la puerta y llenar de excitación los pasillos: "¡Llama a los otros, diles que vengan todos a mi despacho!". Con aire concitado, frente a sus colaboradores que me miraban como si fuera Nembo Kid, me propuso los servicios más increíbles:  el Barroco español, las armaduras, la ciudad de Parma, los ebanistas franceses. En pocas palabras, me asignó todos sus siguientes proyectos. Entonces, habìa impresionado a Franco Maria Ricci, el rey de la estética., yo que hasta pocos años antes supe solo impresionar una película.

 

Divina Bugatti
Franco Maria Ricci 1991

 

Divina Bugatti, Franco Maria Ricci

Considerados los coches más bonitos construidos en todo el mundo (por juicio unánime de los conocedores y los apasionados), los Bugatti representan la obra maestra de la estética automovilística. El taller creado por Ettore Bugatti, en la ciudad alsaciana de Molsheim, fue un tipo de Ciudad del Sol de la ingeniería mecánica, de la cual salieron no solo coches, sino también futurísticos proyectos de barcos, aviones y trenes que adelantaron muchas conquistas técnicas futuras.

Titolo: Divina Bugatti
Pagine: 127
Tavole: 85
Foto: Roberto Bigano
Autori: Giuseppe Maghenzani, Norbert Steinhauser, Paul Kestler, Ivo Ceci., AndreaTabucchi
Edizione: italiana e francese
Traduzione: Cinzia Mascheroni
Formato: cm 30x30
Rilegatura: In seta nera “Orient”, con plancetta a colori, impressioni in oro e cofanetto
Iconografia: Fotografie dei vari modelli della nota casa automobilistica di Molsheim
Colophon: 5000 italiano + 5000 francese, con esemplari numerati
Carta: a mano, Ingres, azzurra, Cartiere Miliani di Fabriano
Fotolito: Bassoli, Milano
Stampa: Grafiche Milani